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¿Pueden las matemáticas demostrar la existencia de Dios?

A lo largo de la historia, filósofos y científicos han utilizado el razonamiento para preguntarse si es posible demostrar la existencia de Dios.

Uno de los casos más conocidos del siglo XX fue el del matemático Kurt Gödel, quien desarrolló una versión formal del llamado argumento ontológico mediante la lógica modal.

Gödel fue reconocido por sus teoremas de incompletitud, que transformaron la comprensión de los límites de los sistemas formales. Sin embargo, también dedicó parte de su trabajo a una cuestión filosófica mucho más antigua: la existencia de Dios.

Su planteamiento retomó una tradición iniciada por san Anselmo de Canterbury y desarrollada posteriormente por pensadores como René Descartes y Gottfried Wilhelm Leibniz.

El argumento de Gödel sobre Dios

El argumento ontológico parte de una definición de Dios como un ser que posee todas las perfecciones.

A partir de esa idea, Gödel utilizó la lógica modal para formular una serie de proposiciones relacionadas con las propiedades positivas y la existencia necesaria de ese ser.

La lógica modal permite razonar sobre conceptos como la posibilidad y la necesidad. Esto resultaba relevante para el planteamiento de Gödel, porque su argumento no se limitaba a preguntar si Dios existe en el mundo que conocemos.

La cuestión también involucraba si la existencia de un ser con esas características debía considerarse necesaria.

Sin embargo, formalizar conceptos como la perfección, la existencia necesaria y las propiedades positivas plantea dificultades que van más allá de una operación matemática convencional.

El matemático español Miguel Recio abordó este problema durante el V Congreso de la Sociedad de Científicos Católicos de España, celebrado del 17 al 19 de septiembre de 2026 en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Según explicó Recio durante su ponencia, el intento de Gödel no resultó finalmente satisfactorio porque una de sus premisas asumía de alguna manera aquello que pretendía demostrar.

En otras palabras, el sistema lógico utilizado por Gödel no podía establecer por sí mismo todas las condiciones necesarias para demostrar la existencia de Dios.

Los límites de la lógica matemática

Para Recio, el caso de Gödel muestra que el rigor de las matemáticas tiene límites cuando intenta abordar conceptos que no pertenecen exclusivamente al ámbito formal.

La lógica matemática puede establecer relaciones entre definiciones y premisas dentro de un sistema. Sin embargo, el problema aparece cuando esas premisas incluyen conceptos cuya naturaleza no puede determinarse únicamente mediante símbolos y reglas lógicas.

El argumento de Gödel, por tanto, no constituye una prueba científica de la existencia de Dios.

Su importancia está en que intentó formalizar mediante herramientas matemáticas una cuestión que durante siglos había sido discutida principalmente desde la filosofía.

Recio sostuvo que la lógica matemática, pese a su formalismo, no puede abarcar por completo lo que significa Dios.

Desde su perspectiva, la ciencia puede aportar elementos para reflexionar sobre la realidad, pero no puede responder por sí sola todas las preguntas relacionadas con la existencia y la naturaleza de Dios.

Las matemáticas como una forma de contemplar a Dios

La relación entre matemáticas y fe no termina con el argumento de Gödel.

Recio explicó que, aunque las matemáticas no puedan demostrar por sí mismas la existencia de Dios, sí pueden convertirse en una forma de acercamiento personal a la fe.

El matemático destacó la belleza y elegancia que encuentra en las estructuras matemáticas. Para él, esa belleza tiene un significado que va más allá de la utilidad práctica de las matemáticas.

No se refiere, aclaró, a interpretaciones místicas de fenómenos como la sucesión de Fibonacci o la proporción áurea.

Su planteamiento es diferente.

Recio explicó que encuentra en las matemáticas una manera de contemplar lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, conceptos que relaciona con su experiencia de Dios.

Desde esta perspectiva, estudiar matemáticas no constituye una demostración de que existe un creador. Es, para él, una manera de contemplar la realidad y acercarse a Dios desde el conocimiento.

Ciencia y fe no tienen por qué ser incompatibles

Recio también destacó durante el congreso la relación que puede existir entre la actividad científica y la experiencia religiosa.

A su juicio, ejercer una profesión científica no impide mantener una convicción religiosa. Por el contrario, considera que la fe puede influir en la manera en que un científico observa e intenta comprender la realidad.

El V Congreso de la Sociedad de Científicos Católicos de España reunió a especialistas de distintas áreas, entre ellas matemáticas, física, química y biología.

El encuentro buscó favorecer el diálogo entre científicos que comparten una visión religiosa y abordar la relación entre conocimiento científico y fe.

El caso de Gödel muestra así una cuestión que continúa abierta en otro ámbito: las matemáticas pueden construir argumentos extremadamente rigurosos sobre conceptos definidos dentro de un sistema, pero la pregunta por Dios también involucra cuestiones filosóficas y teológicas que no se reducen a una fórmula.

Para Recio, las matemáticas no son una prueba de la existencia de Dios. Son, desde su experiencia personal, una forma de contemplar la belleza y el orden de la realidad.

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¿Por qué Plutón ya no es considerado un planeta?

Durante 76 años, Plutón fue considerado el noveno planeta del Sistema Solar. Su lugar cambió en 2006, cuando la Unión Astronómica Internacional (UAI) estableció una nueva definición para determinar qué cuerpos celestes podían clasificarse como planetas.

La decisión no significó que Plutón cambiara físicamente ni que desapareciera. El objeto descubierto en 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde Tombaugh continúa en el Sistema Solar, pero ahora pertenece a otra categoría: los planetas enanos.

Una nueva definición

Durante mucho tiempo, la idea de planeta parecía sencilla. Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón formaban la lista conocida del Sistema Solar.

Sin embargo, el descubrimiento de nuevos objetos en las regiones exteriores del Sistema Solar obligó a los astrónomos a reconsiderar esa clasificación.

Uno de ellos fue Eris, un objeto descubierto en 2005 en una región más allá de Neptuno. Su tamaño, similar al de Plutón, planteó una pregunta que hasta entonces parecía innecesaria: ¿qué características debe cumplir un cuerpo celeste para ser considerado planeta?

La UAI discutió el problema durante su Asamblea General de 2006, celebrada en Praga, República Checa. El 24 de agosto de ese año aprobó una definición que estableció tres condiciones para los planetas del Sistema Solar.

Un planeta debe orbitar alrededor del Sol, tener suficiente masa para que su propia gravedad le dé una forma casi redonda y haber despejado su vecindad orbital de otros objetos de tamaño comparable.

Plutón cumple las dos primeras condiciones, pero no la tercera.

Plutón comparte su región

Plutón se encuentra en el cinturón de Kuiper, una región situada más allá de Neptuno que contiene numerosos cuerpos helados.

Por eso, a diferencia de los ocho planetas reconocidos por la UAI, Plutón no domina gravitacionalmente su región orbital. Comparte ese espacio con otros objetos del Sistema Solar.

La UAI estableció entonces una categoría diferente para los cuerpos que orbitan el Sol, tienen suficiente masa para alcanzar una forma casi redonda, pero no han despejado su vecindad orbital.

Así nació oficialmente la categoría de planeta enano, en la que Plutón quedó como uno de sus integrantes.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambió la clasificación del Sistema Solar de nueve a ocho planetas.

Actualmente, la NASA reconoce cinco planetas enanos: Ceres, Plutón, Haumea, Makemake y Eris. La propia agencia señala que podrían existir muchos más objetos de esta categoría todavía por descubrir.

Plutón no perdió importancia

La nueva clasificación tampoco hizo que Plutón dejara de ser un mundo extraordinario.

El planeta enano tiene montañas, valles, llanuras, cráteres y glaciares. Además, pertenece a una región del Sistema Solar que conserva objetos considerados remanentes de las primeras etapas de su formación.

En 2015, la misión New Horizons de la NASA llegó hasta Plutón y proporcionó las primeras imágenes cercanas de su superficie. La nave también estudió sus lunas y posteriormente continuó su recorrido hacia otros objetos del cinturón de Kuiper.

Por eso, Plutón no dejó de existir ni se volvió diferente en 2006. Lo que cambió fue la manera en que los astrónomos clasifican los objetos del Sistema Solar.

Para la UAI, Plutón es actualmente un planeta enano porque no cumple una de las tres condiciones establecidas para los planetas. Sigue orbitando alrededor del Sol y conserva sus características físicas, pero comparte su vecindad cósmica con otros cuerpos del cinturón de Kuiper.

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¿Por qué la Luna de octubre parece más grande?

Durante octubre, la Luna puede llamar especialmente la atención por su tamaño aparente cuando aparece cerca del horizonte. Sin embargo, no necesariamente significa que nuestro satélite natural sea mucho más grande durante este mes.

La explicación combina un fenómeno astronómico real con una ilusión de percepción que ocurre cuando observamos la Luna cerca del horizonte.

La órbita cambia ligeramente su tamaño aparente

La Luna no gira alrededor de la Tierra siguiendo una órbita perfectamente circular. Su trayectoria es elíptica, por lo que durante cada recorrido se acerca y se aleja de nuestro planeta.

El punto más cercano se conoce como perigeo, mientras que el más lejano recibe el nombre de apogeo. La distancia promedio entre ambos puntos puede representar una diferencia de decenas de miles de kilómetros.

Cuando una Luna llena ocurre cerca del perigeo, puede verse ligeramente más grande y brillante. NASA explica que una superluna puede alcanzar hasta 14 por ciento más tamaño aparente y cerca de 30 por ciento más brillo frente a una Luna llena cercana al apogeo.

Sin embargo, esa diferencia no explica por sí sola por qué muchas personas perciben una Luna enorme cuando comienza a aparecer por el horizonte.

El cerebro también cambia la percepción

La llamada ilusión lunar hace que nuestro satélite parezca mucho más grande cuando está cerca del horizonte que cuando se encuentra alto en el cielo.

NASA explica que fotografías tomadas con el mismo equipo y configuración muestran que el diámetro de la Luna prácticamente no cambia entre ambas posiciones.

La diferencia está en la forma en que el cerebro interpreta la escena.

Cuando la Luna aparece detrás de edificios, árboles, montañas u otros elementos del paisaje, nuestro cerebro utiliza esos objetos como referencias para interpretar su tamaño y distancia. El resultado es la sensación de que la Luna es mucho más grande.

Además, cuando está cerca del horizonte, la luz lunar atraviesa una mayor cantidad de atmósfera. Por eso puede adquirir tonalidades amarillas, anaranjadas o rojizas. La atmósfera también puede producir una ligera distorsión de su forma aparente.

Octubre puede hacer más evidente el fenómeno

La Luna llena de otoño suele llamar la atención porque las condiciones de observación pueden favorecer su presencia cerca del horizonte durante las primeras horas de la noche.

En 2026, por ejemplo, la Luna llena que marca la llamada Luna de cosecha ocurrirá el 26 de septiembre, mientras que octubre tendrá su siguiente Luna nueva el día 10. Por ello, no sería correcto atribuir específicamente a una superluna la apariencia de mayor tamaño de la Luna durante octubre de este año.

La próxima superluna de 2026 está prevista para el 24 de noviembre, de acuerdo con NASA.

Así que, si durante octubre ves una Luna que parece enorme sobre los edificios o los árboles, probablemente estés observando principalmente la ilusión lunar. La Luna puede cambiar ligeramente de tamaño aparente según su posición en su órbita, pero nuestros ojos pueden hacer que esa diferencia parezca mucho mayor.

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Dios. La ciencia, las pruebas. El albor de una revolución, abre debate sobre la relación entre ciencia y fe entre académicos y universitarios

La comunidad académica de la Universidad Anáhuac campus norte participó este 3 de diciembre en un diálogo abierto sobre el papel de la ciencia, la fe y las grandes preguntas humanas, durante la presentación del libro Dios. La ciencia, las pruebas. El albor de una revolución.

El encuentro reunió a estudiantes, profesores y especialistas de diversas disciplinas, quienes abordaron el contenido del texto desde perspectivas científicas, filosóficas y formativas.

Un debate universitario sobre ciencia, creencias y sentido humano

El Dr. Carlos Cuevas Covarrubias, profesor e integrante de la Asociación Mexicana de Estadística, abrió el encuentro con una reflexión que resonó entre los asistentes:
“¿Es la ciencia incompatible con las creencias religiosas? Yo creo que no. Y esa respuesta se vuelve más racional cuando leemos lo que plantea este libro”.

Cuevas destacó que el texto invita a revisar críticamente la idea de que la ciencia puede responder todas las preguntas sobre la naturaleza y el universo. Señaló que ciertos límites —como el fin o el porqué de las cosas— exigen una mirada más amplia.
“Tenemos que leer este libro con razón abierta, y con una visión multidisciplinaria que incluya filosofía y teología”, afirmó.

El académico subrayó que los autores sostienen que la ciencia contemporánea ha descubierto indicios de un origen inteligible y ordenado del universo, y que vale la pena analizar cómo esta perspectiva dialoga con la historia de la ciencia y con la formación de paradigmas materialistas en los siglos XIX y XX.

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Una lectura situada en la crisis cultural actual

El Dr. Óscar Perdiz Figueroa, responsable de formación de la Sede Mexicana del Instituto Juan Pablo II para la Familia, abordó el libro desde el contexto de las ideologías contemporáneas.
“Vivimos una triple crisis: del pensamiento, del carácter y de la desconexión”, afirmó.

Destacó que uno de los capítulos más llamativos analiza el funcionamiento de las ideologías y su tendencia al reduccionismo.
“El materialismo es un reduccionismo. Y los regímenes que llevaron ideologías al extremo lo hicieron de forma violenta”, señaló.

Asimismo, advirtió sobre las formas actuales de manipulación emocional mediante argumentos pseudocientíficos, fenómeno que el libro ayuda a cuestionar.

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Elogios a la claridad del texto

El Dr. Peter Mullan, catedrático de la Universidad Anáhuac, calificó la obra como “una obra maestra” y compartió la valoración de su padre, astrofísico:
“Es el libro más claro sobre ciencia y fe. No se encuentran textos tan contundentes en su propuesta”.

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Aunque reconoció que falta un puente explícito entre la ciencia y la filosofía, resaltó su contribución a la divulgación científica:
“La ciencia no puede demostrar la existencia de Dios, pero sí ofrece indicios. El libro muestra esos indicios con enorme claridad”.

 

 

 

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Multiverso y Dios creador: dos miradas al origen del universo

El debate sobre el origen del universo tomó fuerza con la teoría del multiverso, una hipótesis científica que propone la existencia de múltiples realidades. Esta idea busca explicar por qué nuestro cosmos parece ajustado de manera precisa para permitir la vida. Frente a ella, la visión de un Dios creador plantea una respuesta trascendente y con propósito. Ambas perspectivas conviven en la frontera entre ciencia y filosofía.

El multiverso como hipótesis científica

La teoría del multiverso surgió en el campo de la cosmología y la mecánica cuántica. Plantea que nuestro universo sería solo una burbuja dentro de un conjunto mayor, con universos paralelos donde podrían existir leyes físicas distintas.

Para algunos investigadores, esta idea da respuesta al llamado “ajuste fino”: el hecho de que las constantes fundamentales de la física parecen calibradas para la vida. Según esta postura, si existen millones de universos, no sería extraño que al menos uno tuviera las condiciones necesarias, y ese sería el nuestro.

El multiverso, sin embargo, carece de evidencia empírica directa. Se trata de un modelo teórico con respaldo matemático, pero aún sin comprobación en observaciones astronómicas.

Dios creador y la explicación metafísica

Frente a la hipótesis del multiverso, la visión de un Dios creador sostiene que el universo tiene origen en un ser trascendente, eterno e inteligente. Esta interpretación considera que el ajuste fino de las leyes de la naturaleza es evidencia de diseño deliberado y no de azar.

Para la filosofía y la teología, Dios es la causa primera, aquello que responde a la pregunta fundamental: ¿por qué existe algo en lugar de nada? Esta postura no se centra en el “cómo” del universo, sino en el “por qué” y en el sentido de la existencia.

Dos formas de mirar la misma pregunta

La discusión entre multiverso y Dios creador refleja el encuentro entre ciencia y metafísica. El primero busca explicar el origen desde un marco naturalista y matemático. El segundo interpreta el universo como parte de un diseño intencional y trascendente.

Ambas miradas ofrecen respuestas distintas a la misma inquietud humana: entender el origen y propósito de la realidad.

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